
La caza de animales es una práctica ancestral que en ocasiones es considerada un deporte, pero en realidad es una acción que en ocasiones se realiza de modo indiscriminado. En Galipán, sus habitantes seguramente practicaron la caza desde la fundación del poblado. Los nativos de esta tierra conocemos las emocionadas aventuras que contaban nuestros padres tras regresar de la caza en la montaña, después de salir a “cazar venados”. Durante décadas pasadas fue una actividad grupal planificada con varios días de antelación, en la que participaban jóvenes junto a sus padres. Preparaban un morral o mochila con velas, fósforos, linternas, machetes, comida, cobijas, cacerolas, navajas, escopeta con municiones, colchonetas y cantimploras llenas de agua que luego recargaban en ríos y manantiales. Tras varios días, con sus correspondientes noches, internados en la montaña, llegaban con algunas guacharacas y lapas. Pero lo más asombroso eran las historias que narraban de cómo mataron un báquiro, algunas culebras, un jabalí. Siendo niños sentíamos una especie de admiración mezclado con miedo y también desazón por los pobres animales que eran destrozados sin compasión sólo por placer. La caza de animales se ha practicado también con fines de sobrevivencia. Es el caso cuando los campesinos colocan trampas a los rabipelados para evitar que se coman gallinas, pollos, conejos y otros animales domésticos que proveen de alimento a la familia; cuando rocían creolina en los alrededores para espantar culebras, escorpiones y otras alimañas. Por lo general, en cada casa existe algún gato con el objeto de que ayude en la caza de ratones, lagartijas o lisas, culebras. Con frecuencia, los niños galipaneros construían y utilizaban “chinas” para matar a los pájaros. Afortunadamente esta práctica aberrante está en extinción.